martes, 21 de marzo de 2017

A CIEGAS

Y, cuando en el postrer momento,
antes del fin del camino
miremos hacia atrás.

Y cuando lleguen las sombras,
antes del fundido en negro,
y abandonemos la estancia.

Y cuando nos guardemos el adios,
tomemos nuestras manos
y dejemos atrás la última pisada.

Y no sabremos si cantaron nuestra canción,
si entonaron nuestra música, si
en ella, en otra, en otras,
estuvieron nuestros desaires y nuestros besos,
muestras miradas, caricias y golpes,
los sueños, las amarguras y los destierros,
los años en blanco y los fecundos,
la ira, la rabia, el esfuerzo,
algún anhelo,
algún amor perdido,
algún secreto,
algún pecado, 
días de sol y olas,
días de viento,
el picor de las ortigas,
los poemas o las esperas en salas de hospital.

No sabremos si fueron, apenas,
como las lágrimas en la lluvia de un replicante,
las vibraciones en la cuerda de uno de los tiempos
o las escamas de sal de Edith.

No sabremos.
Y ya no sabremos más.

martes, 10 de noviembre de 2015

DEL RENACER.

Renace la ciudad.
Córdoba labrada como el sueño,
irreal como un espectro,
hermosa, muere.
Mueren la ciudad,
y el vaho durmiente,
el pesado letargo y el estoico sino.
Su recuerdo que minó mi alma,
hoyando sus
la añoranza del río amistoso,
de laberintos, de flores,
de etéreos y soñolientos mayos.
Mayo.

Y mi raiz renace, rebrota mi apego,
a la casa, a la titi, a la madre.
Y renacen las jaras, rebrota el espliego,
y huele a encina y huele a miel,
y huelen a padre.
Y cómo expresar que se me ensancha el alma.
No hay luz como la que me amamantó,
no hay piedras como las que me conocen,
ni plazas, ni sonidos, ni sabores,
como los que se llevan siempre en un bolsillo.
Porque todo, tan grande como es,
todo tan extenso,
irá en todo equipaje que porte.

Y tú mi luz,
y yo tu sombra.
Porque ahora que ya sé quien soy,
ahora que conozco mi frontera,
aspiro con derecho o sin él,
a ser, si acaso,
un compañero.

lunes, 28 de septiembre de 2015

POEMA DEL ADIÓS.

Si te aburrieras de mí,
de lo que soy,
de lo que quiero ser,
de lo que no seré,
de lo que no escribiré,
o haré,
o repararé,
no seré ya lo que soy.

No querré ser ya quien quiero ser,
seré otra persona,
que escribirá lo que nunca debería haber escrito,
que hará lo indecible,
que no reparará su alma,
que no reparará en gastos en la cuenta de desengaños.

Si te aburrieras de mí,
no me lo digas así en una tarde de hastío,
con magdalenas de paquete,
frente al telefilm de las tardes,
o a la serie de risas enlatadas.

Si te aburrieras de mí,
busca la cicuta,
la daga dialéctica,
mátame como en una tormenta.

Para que lo que soy,
lo que quiero ser,
lo que no seré,
lo que no escribiré,
lo que no haré,
lo que no repararé,
no tengan importancia.

jueves, 2 de julio de 2015

DE LA MUERTE.

Si muero, amigo, si muero,
que mi recuerdo sea leve,
y mi lamento ausente.
Si muero, compañero,
que mi muerte sea para siempre.
Que sea una muerte de piedra.
Si muero,
que mi muerte sea eterna,
que sea mi última rendición.

Y ojalá la muerte no me alcance,
y si me llega que sea como un trueno,
por no tener evidencia de no tenerla,
por no sufrir agonía y no luchar,
y luchar,
y solo por ella.

Renace la ciudad.
Córdoba labrada como el sueño,
irreal como un espectro,
hermosa, muere.
Mueren la ciudad,
y el vaho durmiente,
el pesado letargo y el estoico sino.
Su recuerdo que minó mi alma,
hoyando sus
la añoranza del río amistoso,
de laberintos, de flores,
de etéreos y soñolientos mayos.
Mayo.

Y mi raiz renace, rebrota mi apego,
a esa casa, a esa titi, a esa madre.
Y renacen las jaras, rebrota el espliego,
y huele a encina y huele a miel,
y huelen a mi padre.
Y cómo expresar que se me ensancha el alma.
No hay luz como la que me amamantó,
no hay piedras como las que me conocen,
ni plazas, ni sonidos, ni sabores,
como los que se llevan siempre en un bolsillo.
Porque todo, tan grande como es,
todo tan extenso,
irá en todo equipaje que porte.

Y tú mi luz,
y yo tu sombra.
Porque ahora que ya sé quien soy,
ahora que conozco mi frontera,
aspiro con derecho o sin él,
a ser, si acaso,
un compañero.

miércoles, 13 de mayo de 2015

EL POEMA

Que una leve sonrisa es tu halago,
la sutil caricia del rostro amigo,
la débil sombra de un deseo furtivo,
ahora no se esconde al ser buscado.
Me acompaña el susurro de su consuelo,
suave terciopelo de su palabra,
almendrada forma de lágrima alada,
que calmó la amarga sed de mi anhelo.
Al infinito abrigo de su alma,
consuelo de quien no tenía ya nada,
yo busco mi amor, yo busco la calma.
Que mi esperanza es ver al fin trocado
su roce en caricia; su voz en beso.
Su alma amiga en alma enamorada.

jueves, 26 de marzo de 2015

EL PASO DE LOS DÍAS

Los días pasan, lentos, grises.
Lentos y grises días que ahogan.

Y si despierto junto a un hueco,
nunca sé de dónde vino,
nunca sé dónde lo conocí.
A veces me habla y me cuenta
soy la nada,
la Nada de Ende,
susurra.
Y si lo miro me atrapa,
como una oquedad en el envés de mi alma,
como una alfombra que levante para esconderme.

Y es de plata el río del tiempo,
inmóvil,
perpetuo inmóvil.
Ahora, cuando quiero que corra,
juega conmigo,
al que siempre ha rendido.
Y en mi memoria,
si tuviera memoria,
se enroca el pasado,
donde mi presente es un recuerdo más.

La sal del mar confunde mi recuerdo,
se despiertan las olas,
sopla el viento y se hace amigo,
se atropellan las nubes de tormenta,
en ese negro cielo,
las negras nubes,
la negra vida.
Han llegado la lluvia,
el frío,
han llegado.
¡Bienvenidos!

Mi piel encostrada en salitre,
mi cabello fustigado por la arena.
La fría corriente que oculta mis rodillas,
convertido en caminante de las aguas con muñones,
y un paseo sereno y eterno contra el atardecer.
Y despierto.
Un día, despierto.

Aun no soy yo, pero creo que ya existo.
La veo, la recuerdo.
La veo cuando la vi,
y mis ojos la sostuvieron en un plano fijo,
en un fundido en el que se achica,
en el que actúa, en el que no está sola.
Ella me trajo el mar
y el mar me lleva a ella.
Tan inmensa como esta manta salada,
va naciendo la nostalgia,
con su ausencia lleno el alma,
pena del color del mar.
Verde o azul.
¡Qué más da!
Es el mar, la mar.

Y escribo el poema.

PARÍS EN LA NEGRURA

Días oscuros de un París iluminado,
un invierno crudo.

El viento histórico me hiela
mientras mi alma, la que creo mi alma,
implora.
Hay una línea, débil, 
apenas un esbozo, 
estela de humo en la niebla
que me ata, sin saber a qué.
Siento, sin saber qué siento, 
si es solo la quemazón del nudo, 
eso, 
lo que siento.

Y sí, yo también soy humo,
al igual que la llama me apago,
me voy,
apenas unas lágrimas en las que huir.
Me voy.

Y he olvidado amar.
La ciudad se transforma en un viejo decorado
que, ahora,
al tiempo,
late.

Hay una imagen.
¿Una imagen de amor?
¿La de otro amor, quizás?
No, no hay otro amor, 
solo es posible el amor imposible.
El que está lejos y atado,
el que no puedo tener, 
el que no puedo olvidar.
El que no quise olvidar, 
el que busqué,
el que no hallé.

Cuando las noches se hacen metálicas
me atrapa su océano de humores.
Y su ola de olvido
acalla mi existencia.

Y en el manto blanco de Versalles,
en el arco estacionado de sus fuentes
encuentro la receta para un bálsamo.
Como una pequeña flor de Bach
es la noche iluminada junto al Sena,
y antes de que nazca el hueco del olvido,
antes de olvidar o de recordar que tanto da,
antes,
un fiero vello de mi brazo se yergue eléctrico
buscando sentir 
el roce del aire que ha rozado lo que sueña. 

Y acaba.
El corto viaje acaba.

Me imagino convertirlo en un destierro, 
eterno de fugaz alegría. 
Quizás tan solo busco retrasar mi vuelta,
no volver adonde ella,
no querer que importe lo que importa. 

Solo pienso en permanecer allí,
y creerme bohemio
en la patria bohemia,
en un café, 
en una piedra.
Y no sé si por amor,
o casi por estética.

Adiós.

Mi avión, 
con su panza metálica, 
despega.