viernes, 19 de enero de 2018

SIN NOMBRE

Los asesinos no tienen nombre.
El metal de sus triángulos escalenos,
la argentina bala certera,
los filamentos rugosos de la soga,
su marinero nudo,
no tienen nombre.
El sucio tendero de muerte
posee un catálogo sin nombres,
un muestrario de daños,
un recetario de heridas
al que asoman, frías,
heridas púrpuras en blancos pechos,
cráneos huecos y cárdenos,
entrañas divididas, lacerados hombros
y manos cercenadas;
horrores, horrores, horrores...
sin nombre.
La triste, hermética, aséptica, funeraria
tiene una página web,
triste, hermética, aséptica;
una lista de soles y de nubes,
de tierras y de urnas,
con un código oculto,
de llorosas madres y padres temblorosos,
de hermanos mudos,
de cervezas olvidadas sobre la mesa,
de ristras de pastillas de colores,
y estas, estos, esto existe sin nombre.
Los asesinos siguen sin nombre
mientras la tierra del camposanto
añora al viento arisco que mece las cenizas,
al vendaval mágico,
a la lluvia incansable madre del lodo,
barro eres, del barro nacerás,
susurran las plañideras,
y con ese golem sueña la tumba,
acostada con una lápida sin nombre.
Tu nombre sí es un nombre,
tu nombre sí tiene nombre,
le da nombre a tu rostro,
y al leve olor a ti dejado en la almohada,
le da nombre al innombrable vacío del sofá,
al lugar de la mesa donde se sentaba tu nombre.
Los asesinos no tienen nombre,
tu nombre apaga sus nombres,
tu sueño esconde sus iras,
tu adiós lleva tu nombre,
y lo susurra al viento,
lo acuna al alba
y lo protege con silencio.
No pronunciaré tu nombre,
no te llamaré más en voz alta,
para que tu nombre no se manche
con la plata y el metal mortíferos.
No te llamaré más en voz alta,
para que tu nombre viaje,
allá donde viaje,
libre de nombres.

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